¡Deja el novelón y aprende a disfrutar!

Hace unos días estuve en un matrimonio y el padre del novio, un tipo “chirriado”, antiguo y bonachón, tomó el micrófono para bendecir a la nueva pareja. En un tono pausado (tal vez por sus aprendizajes de la vida) comenzó a leer un texto que resumo en mi lenguaje:«Disfruten cada etapa de su relación; no pierdan el tiempo en trivialidades, sino aprovechen cada segundo porque la vida es corta».

 Esto coincide con una serie de predicaciones de mi pastor sobre disfrutar la vida y, cuando algún mensaje me llega repetitivamente, abro mis oídos en busca de la enseñanza. Ya no necesito que me digan algo dos veces —excepto cuando mi esposa me pide por segunda vez y “amablemente” que ponga los chazos en el cuarto de mi hija—, porque a la primera reacciono y trato de poner atención y en práctica lo que creo que Dios me dice.

 ¿Disfrutar la vida? Es una de esas frases que emociona, pero que también confronta. ¿Sacarle el jugo a los días? Suena buenísimo si hay cosecha, pero… si no, pareciera absurdo. Cada quien interpreta y vive esta frase: algunos gozan con una buena compañía, con un plato de comida, haciendo deporte, practicando algún “hobbie”, durmiendo o viendo el partido de su equipo favorito. Sin embargo, no sé por qué algunos se desgastan viendo jugar a “Millos”; ¡eso sí que es sufrir sin razón! (jajaja).

Lo cierto es que después de escuchar las luchas de muchos y al recordar las de mi niñez me doy cuenta que dejamos de disfrutar la vida por andar pensando en lo que nos falta; dejamos de ver que lo que está a nuestro alrededor tiene más valor que lo que no tenemos. El apóstol Pablo compartió estos versos:

No que haya pasado necesidad alguna vez, porque he aprendido a estar contento con lo que tengo. Sé vivir con casi nada o con todo lo necesario. He aprendido el secreto de vivir en cualquier situación, sea con el estómago lleno o vacío, con mucho o con poco. Pues todo lo puedo hacer por medio de Cristo, quien me da las fuerzas.
Filipenses 4:11-13 (NTV)

Es cuestión de actitud

Quizá el asunto va más allá de carecer y podríamos enfocarnos en la actitud con la que asumimos lo que nos sucede. ¡Todos tenemos necesidades!, la diferencia es que algunos se quejan de todo.

La actitud se aprende. Estamos en la capacidad de aprender a ser agradecidos, a no compararnos, a pensar lo bueno, a levantarnos cuando caemos, a llorar y después reír, o más bien a reír y a reír…

¡A!, ¡¡¡y a reír!!!

Las telenovelas mexicanas de mi época —ya no las veo, pero deben ser iguales— eran una “paridera”. La fiera era una de esas —entre otras no le hubiera puesto ese nombre porque la protagonista sufría y sufría en todos los capítulos—. Mi mamá me mandaba a limpiar la pantalla porque quedaba empapada de tanto llanto y no podíamos permitir que se dañara el televisor.

Si hubiera sido el autor de semejante laguna le hubiera puesto: “¿A que lloras conmigo?” o “Tres llantos por el precio de uno”. No lo recuerdo bien, pero creo que a la protagonista la vi sonreír únicamente cuando salió la palabra Fin; ¡supongo que porque al fin se acababa ese culebrón!

Cuánto nos falta aprender a sonreír a pesar de las duras situaciones. Nos enojamos con Dios cuando las cosas suceden como no queremos, pero cuando son de nuestro agrado andamos felices y no cabemos de la dicha.

Sin darnos cuenta clasificamos lo bueno y lo malo, pero pasamos por alto que podemos disfrutar al Señor sin censura. He llegado al punto de agradecerle a Dios por cada detalle pequeño, porque lo que no tenemos no puede determinar nuestra relación con él: le doy las gracias por los que me leen, por lo que están de acuerdo y los que no, por los que no leen, por los viejos, por los jóvenes, por los “descachados hinchas azules” y “los sabios rojos”… En fin, ¡por todo!

… he aprendido a estar contento con lo que tengo…

A mis cuarenta y cuatro febreros —nací este mes— tengo claro que mis arrugas son de risa y no del trajín del dolor. Para los que no lo saben tengo varias porque nací para ser feliz, para disfrutar la vida, y por eso puedo decir:

«Te bendigo Victoria Ruffo; ¡me enseñaste mucho!».

Por: @Carlospelufo